Mi Camino a USA

Consejos para la entrevista de visa de estudiante atleta en la embajada

2026.06.20

Cuatro minutos. Eso fue lo que duró la entrevista consular de mi hermano para su visa de estudiante, el atleta universitario de la familia, después de meses armando carpetas, subrayando fechas y ensayando respuestas que al final nadie le preguntó. Yo lo esperé afuera, revisando el teléfono cada tanto, mientras seguía enredada en mi propio expediente O-1, con dos procesos migratorios corriendo en paralelo bajo el mismo techo. Este diario migratorio nació así, medio por necesidad y medio porque escribir es lo único que me ordena la cabeza cuando todo lo demás se siente fuera de control. No soy abogada ni lo seré nunca: esto es lo que vivimos los dos, no una fórmula para nadie más.

El I-20 no es la visa, aunque yo pensé que sí

Antes de este año pensaba que si a mi hermano lo aceptaban en una universidad, lo migratorio ya estaba prácticamente resuelto. No es así. Mucho antes del I-20 ya habíamos pasado por el registro en el Eligibility Center y por entender qué tanto lo hacía elegible para una beca deportiva — eso merece su propia entrada, aquí solo lo menciono de paso. La escuela le mandó el I-20 después de que quedó registrado en el sistema SEVIS, y eso solo confirma que puede pedir la visa, no que ya la tiene. Faltaba la entrevista consular, el momento en que alguien del otro lado del vidrio decide si le cree la historia completa: que va a estudiar y a competir como atleta universitario, con toda la carga académica que eso implica, y que piensa volver a Perú. Con mi petición O-1 pasa algo parecido, aunque el trámite se llame distinto — una cosa es que aprueben la petición, otra muy distinta es que el consulado te dé la visa después.

Firmar el I-20 fue casi ceremonial. Le pasé el lapicero y vi cómo le quedó una marca húmeda justo encima de la firma — no hacía frío esa noche, pero sus manos no se enteraron. Ya conté cómo fue el diario de una mudanza doble, la mía y la suya pasando al mismo tiempo por la misma casa, así que no voy a repetir todo eso aquí. Lo que sí quiero dejar claro, porque a mí nadie me lo dijo tan directo, es que ese papel firmado no te garantiza nada todavía: solo te abre la puerta para pedir la cita.

El inglés que necesitas en la ventanilla

La respuesta corta, si alguien me pregunta, es que casi nada de lo que se supone que debes memorizar importa tanto como sostener tu propia historia sin enredarte. Medio barrio le decía a mi hermano que necesitaba un inglés perfecto para que no lo rechazaran en la ventanilla. No es cierto, o al menos no fue lo que vimos nosotros. Pagamos una consulta con una abogada de inmigración real, de las licenciadas, no de las que prometen todo por WhatsApp — y ella nos dijo algo que se me quedó grabado: lo que el cónsul busca es coherencia, no acento. Fue de las mejores platas que gastamos en todo el proceso, sin exagerar.

Mi hermano terminó yendo a la entrevista sin fingir una fluidez que no tiene, pidiendo que le repitieran una pregunta cuando hacía falta, y funcionó. Yo, mientras tanto, seguía en mi propio tira y afloja — de hecho, en mi caso O-1 hasta me llegó una solicitud de evidencia adicional que tuve que responder con más calma de la que sentía, otro tema que dejo para otra entrada. Si de algo sirve, la ansiedad de esperar noticias no se va con la edad ni con la experiencia; ya escribí sobre esa semana de formularios que casi me hizo tirar la toalla, y esta se le pareció bastante.

El abogado barato, el correo y la semana cinco

Por esas mismas fechas cometí un error que todavía me da un poco de vergüenza contar. Intenté convencer a un abogado de tarifas más bajas de que mi caso "era sencillo" para ver si así me cobraba menos. No coló, y en el fondo tenía razón para no creerme: nada es sencillo cuando tienes que probar, con documentos, eso que en términos legales llaman "habilidad extraordinaria" — ya expliqué ese lío en otra entrada, aquí solo lo nombro. Tampoco ayudó que yo todavía no tenía claro si me convenía buscar un agente que manejara todo el trámite o presentar la petición por mi cuenta; terminé decidiéndome, pero esa es otra historia.

En la semana cinco de esperar noticias me llegó, por fin, un correo con dos palabras en negrita: case received. Se me pusieron los dedos torpes tratando de abrirlo desde el celular, parada a media cuadra de la Plaza de Armas de Arequipa, camino a comprar un café que se me terminó enfriando en la mano. Le mandé un audio a César Aliaga, mi amigo de toda la vida que se fue a vivir a Santiago hace unos años y que desde allá entiende este proceso mejor que nadie que conozco por aquí. Contestó antes de las siete de la mañana, hora chilena, como hace siempre sin importar de qué se trate. Esa misma semana también terminé de reunir las cartas de recomendación que pedía mi expediente, otro capítulo aparte que no voy a meter aquí.

La mañana de la entrevista consular en Lima

Llegamos a Lima dos días antes de la cita, con ese frío húmedo de invierno que se siente distinto al de acá. La mañana de la entrevista mi hermano se puso un terno que todavía le quedaba un poco grande y caminamos hacia la embajada casi sin hablar. Yo me quedé afuera, en una cafetería cercana, revisando el celular cada dos minutos como si eso fuera a acelerar algo. Cuatro minutos, ya lo dije al principio: eso fue lo que duró la parte que más nos angustió de todo el año.

Adentro, el cónsul le preguntó quién pagaba los estudios, por qué esa carrera y qué pensaba hacer después de graduarse. Mi hermano contestó sin adornos y hasta mostró el currículum deportivo que armamos meses atrás, con las estadísticas y los torneos ordenados por año. Algunos amigos, cuando les cuento de mi propio proceso, me preguntan si la O-1 es como una visa de trabajo normal, tipo H-1B, y no, no tiene nada que ver — pero esa comparación completa se la debo a otra entrada, no a esta.

Lo que sí le quedó claro a mi hermano

Salió con el papelito verde en la mano y una sonrisa que no le cabía en la cara. No fue suerte; fue ir con la historia clara y sin inventar nada que no pudiera sostener si se lo repreguntaban. Hace poco Julissa Condori, que lleva meses comentando en este diario, escribió contando que ya pasó su propia entrevista consular — un proceso distinto al nuestro, pero reconocí el mismo tipo de miedo en cómo lo describió.

Si algo me llevo de estas semanas es que prepararse para la ventanilla no es memorizar un libreto en inglés perfecto, es tener tan clara tu propia historia que puedas contarla en cualquier idioma sin que se te caiga. Eso sí puede servirte a ti, quienquiera que seas, aunque tu caso no se parezca en nada al nuestro. Lo demás — lo legal, lo que de verdad aplica a tu situación — mejor pregúntaselo a alguien con licencia para responderte, no a mí.